miércoles, 12 de febrero de 2014

Autocontrol, Salud y Éxito

El esfuerzo de la caminata es recompensado con creces
     En la educación, en los últimos años, ha habido una tendencia que se basaba en intentar subir la autoestima de los niños pensando que así obtendrían mejores resultados en la vida, serían más felices, evitarían la depresión, conseguirían mejores resultados en sus estudios, vidas y parejas. Como ya comenté en otras entradas, la ciencia ha demostrado en los últimos años que esto no era del todo cierto (ver: http://linkcerebromente.blogspot.com.es/2012/02/autoestima-alta-y-crecimiento-positivo.html y http://linkcerebromente.blogspot.com.es/2012/03/peligro-elogios-resbaladizos.html). 
     Yo suelo decir que la autoestima no tiene que ser ni alta ni baja, tiene que estar en su justo medio. Si yo mido 1’60 no debo creer que mido 1’80 pero tampoco que mido 1’40. Si al prepararme un examen creo que aún no me lo sé, cuando ya he asimilado suficientemente todos los conocimientos, seguiré estudiando y sufriendo sin necesidad, incluso puedo acumular tal nivel de inseguridad que me bloquee en el examen y deje sin responder preguntas cuya respuesta conozco. Si, por el contrario, me estoy preparando para un examen y me creo que ya me lo sé, cuando no es así, me voy a sentir segura de mi nivel de conocimiento y voy a dejar de estudiar, llevándome luego la desagradable sorpresa del suspenso. Incluso después del suspenso, puedo seguir queriendo proteger mi autoestima y mi ego y echarle la culpa al profesor “que ha puesto un examen demasiado difнcil”, o “que me tiene manнa”, impidiendo con tal actitud la posibilidad de cambio de conducta para la próxima evaluación, seguiré sin estudiar, porque seguiré convencida que yo me lo sé y que no depende de mí que apruebe o no. Tengo una hermana que es profesora de Conservatorio y me dice que hay padres que le han dicho que no puede suspender a su hijo o hija, porque le bajaría la autoestima. A mi consulta acuden muchos padres (normalmente después del desastre de alguna evaluación, especialmente tras la primera de Navidad) diciéndome que el niño o niña ha suspendido 4 asignaturas, o 6, o todas “salvo el recreo”, y me dicen que ellos creen que es porque tiene la autoestima baja, que si yo se la subo el chaval o chavala sacará buenos resultados. Después de evaluar el problema la mayoría de las veces descubro que el chaval no dedica tiempo al estudio, no el suficiente. Y entonces les explico algo que habría explicado mi abuela: que el chaval suspende porque no da ni clavo, y que el suspenso le baja la autoestima, pero que yo le voy a enseñar autocontrol y disciplina, y que cuando estudie aprobará, y eso le subirá la autoestima. El 99% de las veces los padres me miran como si les dijera que la tierra es cuadrada. 
    Vamos a explicar un poco mejor, en esta entrada, qué es esto del Autocontrol, o Autorregulación (personalmente prefiero esta segunda apelación), y qué nos dice la Ciencia de la Psicología al respecto. 
     La autorregulación se define como la capacidad de controlar o regular nuestro comportamiento, nuestros deseos o nuestras emociones para obtener algo que nos interesa en el futuro. El autocontrol o autorregulación (que no es auto-represión) puede manifestarse de dos formas:
     - Dejar de hacer algo que nos satisface inmediatamente, para conseguir algo a largo plazo que nos interesa mбs. Ejemplos de esto serían: dejar de fumar (la persona deja de hacer algo que le gusta ahora, para obtener una mejor salud a largo plazo), no dejarse llevar por la rabia cuando se está enfadado y no gritar ni golpear (la persona deja de hacer algo que querría hacer ahora, desahogar su furia, para obtener una mejor relación con los demás).
     - Hacer algo que ahora mismo nos cuesta para obtener un beneficio a largo plazo. Por ejemplo: estudiar un examen, que a nadie le apetece, para obtener el beneficio de una buena nota, o ir al gimnasio y esforzarnos para tener mejor salud o estar en forma, o hacer un rato de meditación todos los días para tener una mente más centrada y serena…
     A menudo conseguir algo positivo a largo plazo supondrá una combinación de ambas manifestaciones de la autorregulación. Por ejemplo, para estudiar una carrera uno debe todos los días dejar de hacer lo que le apetece (salir con los amigos, ver la tv o jugar con la tableta) y hacer algo que no apetece tanto (estudiar, hacer esquemas, hacer los trabajos…). Lógicamente esto se hace porque el beneficio a largo plazo es altamente deseado (nos gusta mucho la carrera que hemos escogido, por ejemplo, y nos visualizamos trabajando en esa profesión), pero ese deseo que nos impulsa debe ir acompañado de una buena capacidad de autorregulación. 
     El estudio Dunedin ha seguido la vida de los 1037 niños nacidos en esa ciudad en un año, desde su nacimiento hasta el presente. A los 32 años han comprobado que el autocontrol que mostraban estos niños en su infancia ha sido capaz de predecir los niveles de salud física, dependencia de sustancias (tabaco, alcohol u otras drogas), éxito económico, y problemas con la justicia. En el estudio han podido diferenciar el efecto del autocontrol separándolo de su inteligencia o de su clase social. Los niños y niñas con menos autocontrol en la infancia mostraban a los 32 años peor salud, más problemas económicos, más problemas con la justicia y más problemas por dependencia de sustancias. A menor autorregulación, más problemas en la vida adulta. Las personas con menor autocontrol mostraban también más errores en la adolescencia, empiezan antes a beber, fumar o utilizar sustancias, dejan antes los estudios, o se convierten en padres adolescentes. 
     Aunque en el estudio no se ha realizado ninguna intervención para enseñar el autocontrol, han comprobado que aquellos niños y niñas que mejoraron su capacidad de autocontrol entre la infancia y la adolescencia, tenían mejores resultados, mejor salud, mejor economía, a los 32 años, que aquellos que no mejoraron su capacidad de autorregulación. Esta observación anima, evidentemente, a la enseñanza de la autorregulación como un elemento básico en la educación. 
     Varios estudios demuestran que el Mindfulness mejora la capacidad de autorregulación de la persona. No es nada de extrañar, pues la autorregulación depende, a nivel fisiológico, de la función de la Corteza Prefrontal y, como ya hemos visto en otras entradas, la meditación fortalece esta zona del cerebro. 
     Sin embargo, yo añadiría aquí otra reflexión. Al comienzo de la práctica de la meditación la atención se centra con esfuerzo, con la práctica, el esfuerzo para centrar y estabilizar la atención va siendo cada vez menor. Aquellas personas que tienen miles de horas de práctica en meditación ya no necesitan esforzarse para estar atentas. De igual forma ocurre con la autorregulación. De manera natural esto ocurre sin entrenamiento. Para algunas personas la autorregulación parece suponer menos esfuerzo que para otras. Es como dejar de fumar. Hay gente que puede dejar de fumar, de un día para otro, y sin apenas esfuerzo, para otras personas eso resulta casi imposible. De igual manera el cultivo de la meditación Mindfulness puede ayudarnos a tener mejor capacidad de autorregulación, sin esfuerzo, sin que suponga una represión. 
     En otras entradas hablaremos de otros estudios que muestran resultados similares al estudio Dunedin.¿Aparte de eso? Como ya comenté en otras entradas (http://linkcerebromente.blogspot.com.es/2011/09/en-1972-el-psicologo-walter-mischel.html y http://linkcerebromente.blogspot.com.es/2012/03/peligro-elogios-resbaladizos.html), no elogies en tu hijo o hija sus notas, elogia su esfuerzo. Un 8 sin esfuerzo no vale nada, merece una reflexión y una reprimenda. Un 5 con esfuerzo vale oro, merece el elogio, porque ha habido esfuerzo. De momento os dejo otra grabación de Meditación Mindfulness para los pequeños y pequeñas de la casa. Para que sus mentes estén más centradas y serenas, para que sean capaces de autorregular sus emociones sin tanto esfuerzo.

(Estudio Dunedin en Autocontrol: http://www.pnas.org/content/108/7/2693.long#T1)




jueves, 30 de enero de 2014

De la Tensión a la Inconsciencia


     Más o menos, para la mayoría de la gente los días transcurren así: me despierto, voy corriendo de un sitio a otro, desde que me ducho por la mañana estoy en tensión pensando en todo lo que tengo que hacer en el día, acumulo más y más tensión a lo largo de la jornada, los músculos se agarrotan y la mente se “enmaraña”. Por la noche nos acostamos y caemos directamente en la inconsciencia del sueño, quedándonos dormidos, muy probablemente, con tensión en el cuello o en la frente y los ojos. 
     Hace años, cuando la meditación no era una práctica cotidiana en mi vida, cuando leía o estudiaba, mi marido, con humor me daba un pequeño codazo y me decía “їpero por quй te enfadas con el libro?”. Sin darme cuenta, la tensión iba subiendo en ojos y cejas y estaba con el ceño fruncido leyendo o estudiando.
     Es frecuente tanto cuando se aprende a hacer relajación, como cuando se empieza a hacer meditación, que al relajar cuerpo y mente, directamente caigamos dormidos. También es frecuente, al hacer meditación, que cuando nos damos cuenta de que nos hemos distraído, dejándonos llevar por el torrente de pensamientos (a veces, más que torrente, cascada), intentemos concentrarnos “con más fuerza” en la respiración, tensando mucho el cuello, los hombros y, sobre todo, la frente y los ojos. Esta tensión puede generar dolores de cabeza innecesarios. 

Ojos con tensión ligeramente perceptible pero que puede originar dolor de cabeza.


Ojos relajados
     Lo que tenemos que hacer es, justamente, lo contrario… Cuando nos damos cuenta de que nos hemos distraído, atrapados por la cascada de pensamientos, observamos cómo están nuestro cuello, frente y ojos, y los relajamos al soltar el aire… soltamos el pensamiento, por muy importante que éste sea, y volvemos a centrarnos en nuestra respiración. Estamos haciendo una pausa, un regalo para nosotros, en el que dejamos a un lado las preocupaciones del pasado y del mañana. 
     Nos llevará, aún así, un tiempo aprender a tener una concentración relajada, poder estar despiertos de forma relajada, sin tensión. Será también, desde luego, un regalo para nuestra vida cotidiana. 
     Para mejor practicar esta concentración relajada en la respiración os adjunto una nueva grabación de Mindfulness. Clásica y basada en las tradiciones de Meditación Shámata. Espero que os sirva y os ayude. 

     Para saber más: “El Poder de la Meditación”, de B. Alan Wallace.


viernes, 17 de enero de 2014

Enseñar la Meditación y la Amabilidad en Preescolar


  Richard Davidson, Richie, es un neurocientífico que trabaja en la Universidad de Wisconsin-Madison, pionero en la Neurociencia Afectiva. En los años 70 la Psicología estudiaba sólo la conducta, solamente la manifestación externa de lo que ocurría en la mente; sin embargo, Richie decidió estudiar las emociones, algo que, en aquel entonces, era un “suicidio científico”. Su amistad y colaboración con el XIV Dalai Lama le ha llevado a investigar el cerebro de los lamas, llevando la meditación al laboratorio y demostrando los positivos e impresionantes cambios estructurales que se producen en el cerebro gracias a la Meditación. Comenzando su trabajo por algo que parecía, entonces, no tener ningún futuro, Richie ha demostrado que su intuición estaba más que acertada. En 2006 la revista Time lo reconoció como una de las 100 personas más influyentes, cuyo poder, talento o moral está transformando el mundo. 
  Hablaremos en otras ocasiones de Richie, hoy lo hacemos gracias a un trabajo que está realizando en el Center for Investigating Healthy Minds (Centro para la Investigación de Mentes Sanas), que él fundó y dirige. 
  Richie y sus colaboradores se preguntaron si era posible entrenar a los niños y niñas para demostrar más amabilidad, para mejorar su atención y si era posible desarrollar un curriculum que mejorara la salud emocional y no sólo el éxito académico. Para responder estas preguntas y en colaboración con escuelas de Madison han estado realizando y evaluando un Programa de Entrenamiento de Habilidades Prosociales basado en el Mindfulness para niños de Preescolar de 4 años de edad. Lo llaman el Kindness Curriculum (Curriculum de Amabilidad), e incluye lecciones relacionadas con el desarrollo de la habilidad de una atención centrada, prácticas de respiración, ejercicios con movimientos para desarrollar la conciencia, lectura de libros sobre el tema de amabilidad y cuidado, y actividades que les permita demostrar amabilidad los unos hacia los otros. 
     En el primer año participaron varias clases de diferentes colegios, y en el segundo año están participando más clases, algunas son asignadas al grupo de entrenamiento y otras a la lista de espera (como grupo control), la asignación, como es normal, es aleatoria, como en cualquier otro estudio científico. 


  Los profesores reciben un curso de Reducción de Estrés Basado en el Mindfulness y sus estudiantes reciben el Curriculum de Amabilidad durante 12 semanas (2 lecciones por semana, cada clase durando 20 minutos). Los temas incluyen:

  • Atención al cuerpo y plantar semillas de Paz y Amabilidad.
  • Siento las emociones dentro de mí.
  • Cómo lo que siento dentro se muestra afuera.
  • Cuidar las emociones fuertes dentro y fuera.
  • Calmar y solucionar problemas.
  • Gratitud.
  • Todos dependemos de todos en el mundo.
  • Gratitud y Cuidado de nuestro mundo. 
  Se evalúa en los niños y niñas, antes y después del entrenamiento: atención, memoria de trabajo, relación con sus pares y capacidad para compartir. Los profesores también aportan puntuaciones sobre la competencia social de los niños. 
  Los descubrimientos iniciales indican que los niños y niñas que participan del Curriculum de Amabilidad mejoran sus tiempos de respuestas y su capacidad de atención, siendo aún mayor su mejora en competencia social, comparados con niños o niñas que no hayan recibido el entrenamiento. 
  Este es sólo uno de los ejemplos de los esfuerzos que se están realizando en distintos colegios y empujado por diferentes científicos y especialistas en educación para llevar el Mindfulness a los colegios en EEUU. 

Curriculum de Amabilidad. Detén el Acoso Escolar antes de que Comience.

  Dentro de poco tendré una copia del documental Room to Breathe (Espacio para Respirar) que refleja la aplicación del Mindfulness en un colegio público, en una zona con familias muy desestructuradas y una alta tasa de violencia, dentro y fuera del colegio. El programa se realizó con niños de 7º, el equivalente a 1º de ESO. Ya os contaré. 
  Mientras tanto os paso una nueva grabación de Mindfulness para niños. Esta es un poquito larga, 7 minutos porque incluye una explicación inicial de la postura y cómo deben centrarse en su respiración abdominal. El tiempo de ejercicio Mindfulness en sí mismo, dentro del vídeo, es de algo más de un minuto, lo que lo hace adecuado y asequible para niños pequeños. 
  Para utilizarlo, para divulgarlo, para compartirlo, para aprovecharlo con tus hijos, hijas, alumnos y alumnas. 
  Gracias por vuestro seguimiento y confianza. 

viernes, 13 de diciembre de 2013

Mindfulness en las Escuelas


     De nuevo tenemos un informe PISA en el que, otra vez, las puntuaciones de la educación en España no han sido nada alentadoras. Más o menos igual que en años anteriores. Ninguna reforma de la educación realizada hasta ahora ha mejorado nuestra educación. Lo que no es de extrañar, ya que las reformas son realizadas por los políticos y no por los profesionales en la educación, más o menos equivalente a que fueran los gobiernos y los políticos los que decidieran qué tratamientos se van a realizar para las diferentes enfermedades en los hospitales. Sin embargo, y dejando a un lado todo eso, encuentro que el informe PISA es muy incompleto. Puntúa la ejecución en lectura, matemáticas y ciencia, como si el desarrollo y aprendizaje humano se redujera a esas tres áreas. Si imagino un mundo en el que sólo hubiera matemáticas, ciencia y libros, por muy buenos que éstos sean, me resulta un mundo seco y árido. ¿Dónde está el arte, la música, el baile? ¿Dónde está el deporte? ¿Podemos imaginar un mundo sin música, sin deporte, sin creatividad? Y dando un paso más, ¿Dónde nos indica el informe PISA si esos niños son, además, felices? ¿Tienen empatía, compasión? ¿Comprenden qué emociones sienten? ¿Pueden regularlas?
     Nada de esto queda reflejado en el informe PISA. De hecho, muy pocos centros dan importancia a estos elementos en la educación que cualquier padre o educador consideraría fundamentales para la futura realización y felicidad de esos niños. 
     Como ya comenté en una entrada anterior hay escuelas en otros países, EE.UU., Canadá, Inglaterra, Australia, que están dando importancia a estos elementos de educación emocional. Ya iremos hablando, poco a poco, de diferentes componentes de esos programas y de los resultados de algunos estudios. 
     En el año escolar 2011-2012, la organización Mindful Schools junto con la Universidad de California en Davis, han dirigido el estudio controlado y aleatorio más grande realizado hasta ahora, sobre los efectos del Mindfulness en los niños. 937 niños, 47 profesores y 3 escuelas públicas de Oakland han sido objetos del estudio. Las tres escuelas de primaria se encontraban en un área de alta criminalidad en el país, Oakland es la 5ª ciudad en EEUU en número de crímenes violentos. 
    El grupo, escogido aleatoriamente (al azar), sobre el que se realizó el programa, recibió una enseñanza de Mindfulness durante 4 horas en seis semanas. El grupo control recibió clases normales a esas horas. Los profesores que enseñaron Mindfulness tenían mucha experiencia con la meditación, algo que se ha observado clave a la hora de obtener buenos resultados. 
     Los resultados indican que los niños y niñas son:
  • Más capaces de prestar atención y de estar más centrados durante la clase.
  • Un aumento de la conciencia de su cuerpo, pensamientos y emociones.
  • Disminución en la ansiedad medida antes y después del programa.
  • Mejora del control de los impulsos y de las habilidades interpersonales lo que hace que para los profesores sea más fácil el manejo de la clase. 
  • Mejoran las funciones ejecutivas (control, planificación, distribución del tiempo…) que son un predictor del éxito académico.
     Estos resultados corroboran los encontrados en muchos otros estudios realizados durante los últimos veinte años en que se ha podido comprobar que el entrenamiento en Mindfulness produce cambios estructurales en el cerebro que conducen al desarrollo de cualidades de:
  • Amabilidad.
  • Paciencia.
  • Compasión (entendida como empatía, como “sentir con”, no como pena o lástima).
  • Sintonización con otras personas.
  • Aumento de las funciones ejecutivas del cerebro.
  • Mejor control de los impulsos. 
  • Capacidad de sostener una atención centrada durante más tiempo. 
  • Optimismo y acercamiento a las dificultades, un mayor índice de felicidad (al producir un aumento de la activación de la Corteza Prefrontal Izquierda).
     No creo que haya nadie que pueda decir que está “sobrado” de estas cualidades. Tampoco ningún niño o niña. Lógicamente, algunas personas de forma natural serán más pacientes, o más empáticas que otras. Pero la tendencia natural no será suficiente, de igual forma que hay personas que tienen un talento natural para las matemáticas o la música, que se quedará sólo ahí si no se desarrolla y trabaja.  
     Con ese objetivo he empezado una serie de grabaciones Mindfulness especialmente pensadas para los pequeños. Aquí os adjunto la primera grabación, la presentación del Mindfulness para ellos. Incluye un muy pequeño ejercicio, que sirve como un primer aperitivo. En futuras semanas iré incluyendo más ejercicios, muy cortos, pensando en los más pequeños. Más adelante realizaré una serie para preadolescentes y adolescentes. Espero que lo encontréis útil y, si es así, que lo compartáis. Con mis deseos de felicidad y empatía para todos los niños y niñas que hablan castellano.



viernes, 4 de octubre de 2013

Educar en la Compasión



    Cuando vemos nuestros pequeños y pequeñas, hijos, sobrinos, nietos o alumnos, deseamos que esos pequeños, inocentes, puros y llenos de energía, nunca tuvieran que sufrir. Es un deseo expresado prácticamente por todos los padres, madres y mayores, “no quiero que estudie esto porque va a ser muy duro y competitivo”, “no quiero que sufra”, “no quiero que tenga dolor, no quiero que tenga sufrimiento”. Es normal, cuando queremos a alguien le deseamos lo mejor y, desde luego, no le deseamos ningún sufrimiento. Es más, cuando la compasión y el amor abre nuestros corazón, tampoco le deseamos sufrimiento a gente más lejana a nosotros, tampoco a gente que nos ha hecho mal.
     Sin embargo, el sufrimiento forma parte de la vida, lo vamos a tener de una forma o de otra, no podemos hacer nada para evitarlo. Podremos evitar aquellos sufrimientos que dependan de nosotros mismos, de nuestros actos, de nuestros pensamientos, de nuestra responsabilidad. No podremos evitar esos otros sufrimientos que la vida, queramos o no, nos va a regalar. 
     Recuerdo que mi madre un día me dijo “Yo no podré evitar las lágrimas en tu vida, no puedo evitarte el sufrimiento. Lo vas a tener. La Vida te lo garantiza. Mi misión como tu madre es prepararte para que puedas resistir lo que la vida vaya a darte”. Creo que me preparó bastante bien. (Gracias, siempre gracias). 
     Pero me gustaría reflexionar sobre algo más, sobre algo a lo que le dedicaré alguna entrada, y alguna grabación Mindfulness próximamente. ¿Le deseamos a nuestros pequeños que el sufrimiento que tengan en su vida les haga más comprensivos, más compasivos, más sabios? ¿Les estamos educando, en las casas, en los colegios, para la comprensión, para la compasión, para el Amor? ¿Les estamos haciendo resistentes a las dificultades? ¿Les enseñamos a ayudar a otros en sus dificultades? ¿O les estamos educando para el disfrute y el constante entretenimiento?  
     Neurocientíficos y expertos en Mindfulness están generando una nueva corriente en educación en EE.UU., Canadá y Reino Unido. Están demostrando que es posible enseñar a los niños, desde pre-escolar, meditación, que es posible enseñarles a ser más comprensivos, compasivos, empáticos y, además, a estar más centrados y tener más éxito académico. 
     Daniel J. Siegel y Jon Kabat-Zinn han apoyado un programa de Mindfulness en escuelas públicas en EE.UU. junto con la organización Mindful Schools. La actriz Goldie Hawn creó una fundación The Hawn Foundation que introduce el Mindfulness y algunos conceptos de neurociencia (otra vez con el apoyo de Daniel J. Siegel) en el currículum de colegios de EE.UU. y Canadá. El neurocientífico Richard Davidson, que ha estudiado el cerebro de los lamas, está ayudando a introducir en colegios el uso del Mindfulness y de un currículum diseñado para que el cerebro de los niños se oriente, desde el comienzo, hacia la amabilidad y la compasión. Daniel J. Siegel y Tina Payne Bryson resumen una buena parte de esta investigación en un libro muy práctico, para uso de padres y niños, se ha traducido con el título: “El cerebro del niño. 12 estrategias revolucionarias para cultivar la mente en desarrollo de tu hijo” (el título original era The Whole Brain Child). Y Daniel Goleman, (sí, el de la Inteligencia Emocional) que viene colaborando con el Dalai Lama desde hace años, y practica Meditación desde el comienzo de su carrera, habla de cómo ayudar a centrar la atención, en niños, adolescentes y adultos, en el libro que acaba de publicar (y que ha salido unos días antes en castellano que en inglés ¡Increíble!) y que se titula Focus. (Una gran ayuda para los padres con niños con déficit de atención). 
     Sirva esta entrada de aperitivo. Coger unas tapitas y algún refresco. Pensemos un poco en estas preguntas. Charlemos sobre ello. Yo seguiré hablando de esto en las próximas entradas que estoy preparando. 

martes, 2 de julio de 2013

La Mente de Puertas Abiertas




     Me acerco a la playa en esa hora mágica del día, el sol se pone desplegando en el aire caliente de la tarde los colores más cálidos del espectro del arcoiris, rojos, naranjas, rosados… En la arena, las charcas de agua, reflejan como un espejo los tonos rosados y violáceos del cielo. En el extremo oriental el cielo se va cubriendo de color azul índigo. Se empiezan a encender algunas luces en el pueblo cercano. Mercurio y Venus ya se ven brillar en el cielo. Quisiera captar la belleza de este momento con mi cámara. No soy una fotógrafa profesional pero sé lo suficiente como para conocer que ninguna cámara puede captar con nitidez una escena con poca luz, así que estabilizo la cámara con el trípode y escojo el encuadre buscando la composición deseada. Abro lo suficiente el diafragma y escojo una baja velocidad de obturación para captar la escasa luz, y utilizo un disparo retardado (o un disparador remoto) para que la vibración de mi mano no mueva la fotografía al apretar el pulsador.
     No puedo encontrar mejor símbolo para representar lo que necesita hacer nuestra mente para poder captar la realidad con la mayor objetividad, realidad y belleza posible, igual que una cámara. En una entrada anterior, La Mente Enmarañada (http://linkcerebromente.blogspot.com.es/2013/04/la-mente-enmaranada.html) expliqué la importancia de estabilizar nuestra mente por medio del Mindfulness (u otras estrategias) para poder tener objetividad. No soy la primera en utilizar el símbolo de la cámara y el trípode. Daniel Siegel en su libro Mindsight habla del trípode de reflexión de la mente, cada pata representando una cualidad: apertura, observación y objetividad. Personalmente, y sin ánimo de corregir a Daniel Siegel (el símbolo en sí es fantástico), lo veo de una manera algo diferente. 
     Para mí el trípode representa la estabilidad que la mente necesita, aquietándola del exceso de actividad mental caótica y sin objetivo, tal y como lo expliqué en La Mente Enmarañada. La apertura del objetivo representa la apertura mental, de la que vamos a hablar hoy. La velocidad lenta representa el control del tiempo de latencia, es decir poder enlentecer el tiempo que transcurre entre que aparece un estímulo (por ejemplo, alguien nos insulta), el surgimiento de la emoción que aparece como respuesta al estímulo (rabia, humillación o impotencia), y el tiempo que tarda en aparecer la conducta que emitimos como respuesta a esa emoción (insultando, pegando, denunciando, o escondiéndonos… o pasando); cuánto más lento sea ese tiempo, cuanta más largo el tiempo de latencia, más posibilidades tendremos de controlar la emoción y la conducta. Y el disparador remoto representa la capacidad de auto-observación, que nos permite distanciarnos de nosotros mismos, de nuestros pensamientos y emociones, para observarlos con la mayor objetividad posible, para monitorizar lo que ocurre en nuestra mente. 
     La apertura significa que nuestra postura es receptiva, que estamos (valga la redundancia) abiertos, que no nos aferramos a ideas preconcebidas sobre lo que las cosas deberían ser. Dejamos a un lado las expectativas, lo que creemos y esperamos que deberíamos conseguir y tener, lo que pensamos que es nuestro derecho obtener, y recibimos las cosas tal y como son, sin intentar forzar que sean como nosotros queremos que sean. La apertura mental nos permite identificar cuándo estamos enjuiciando, nos permite reconocer la rigidez que el juicio implica y liberarnos de esa presión.  
     Una idea preconcebida es una idea que tenemos, normalmente tomada de nuestra cultura, educación o de otras personas, que sostenemos y en la que creemos sin juicio crítico, sin tener en cuenta los datos de la experiencia. Aferrarse a ideas preconcebidas es un gran obstáculo en el descubrimiento de cómo es la realidad, la nuestra interior, la de los otros, la del mundo. Frases tan repetidas como la vida es injusta, todos los hombres son iguales (o todas las mujeres son iguales), el amor dura unos años luego se acaba, el poder corrompe, el que nace lechón muere cochino… son ideas preconcebidas que repetimos sin plantearnos si son verdad o no. Las ideas preconcebidas sobre el mundo nos hacen pensar esto debería ser así, lo que va a llevar, lógicamente, a la discusión pues el así de cada persona va a ser diferente. Tomar conciencia de cuándo una afirmación que hacemos es una creencia o es un hecho constatado o es algo sobre lo que no sabemos nos ayudará a pararnos, abrirnos y empezar a escuchar. Todos tenemos creencias. Todos. No conocemos la verdad y la realidad sobre todo, así que todos albergamos creencias. Lo importante es darse cuenta cuándo una de nuestras creencias choca con la realidad, con la evidencia, o con lo que la ciencia ha descubierto hasta ahora, pero dándonos cuenta, igualmente, de que lo que no haya descubierto aún la ciencia no quiere decir que no sea cierto, quiere decir que aún no se ha descubierto, quizá ni siquiera se ha estudiado. 
     Las expectativas es algo que puede cerrar, también, nuestra mente, nuestra capacidad de percibir cómo es la realidad. Las expectativas hacen referencia a algo que esperamos conseguir y tener, a veces, algo que consideramos que es nuestro derecho. Pero el que deseemos algo, el que lo consideremos nuestro “derecho”, no quiere decir que lo sea, o que la “vida” nos lo vaya a dar. Y ahí vienen muchos problemas. Podemos tener la expectativa de tener una vida larga, una vida feliz, una vida con dinero, de tener hijos que tengan unas características concretas, o tenerlos, o no tenerlos, de tener una casa, de tener un tipo de trabajo, de vivir en un sitio concreto… Puede que trabajemos duramente para lograr esas expectativas, o puede que no y que esperemos que nos lleguen lo más suavemente posible, sin esfuerzo y sin trabajo. Sea como sea, todos tenemos expectativas. La diferencia estará en qué grado de apego tenemos a nuestras expectativas. Expectativas tenemos que tener, porque tenemos que tener un objetivo hacia el que dirigirnos. Tendremos que trabajar o que modificar nuestra conducta para acercarnos a esa expectativa. Ahora bien, logremos o no nuestras expectativas, es importante liberarse del apego hacia ellas, aprender a ver las cosas como son y a aceptarlas. 
     Y, por último, la apertura mental nos permite identificar cuándo estamos enjuiciando. Lo normal es que lo hagamos constantemente, casi sin darnos cuenta. Esto lo ha hecho muy bien, qué bonita tiene la casa, qué mal gusto tiene vistiendo, yo creo que se equivoca, ha tomado esta decisión y yo creo que ha hecho muy bien, son unos perro-flautas, es muy estirado… Bien porque nuestro juicio sea positivo o negativo, enjuiciamos. Vemos la vida y las decisiones de otras personas desde nuestro punto de vista (tampoco las podemos ver desde otro punto de vista, salvo que nos salgamos de nosotros mismos), y dictamos sentencia. El problema es cuando el juicio va acompañado de rigidez y rechazo, cuando pensamos que yo estoy en lo cierto y estás claramente equivocado. Entonces no escuchamos. Cuando escuchamos, cuando nos abrimos, podemos ver con flexibilidad y comprensión que cada persona tiene su vida y toma sus decisiones, y que incluso cuando el tiempo demuestra que nos hemos equivocado, podemos verlo como una experiencia más, como un aprendizaje valorizando, así nuestro tropezón, aprendiendo de él. 
     El mundo es un lugar vasto e impresionante. Las vidas humanas están llenas de matices, emociones, pensamientos, experiencias, sufrimiento y alegrías, esfuerzos y derrotas. La luz que nos permite ver y apreciar todos estos matices está oscurecida y empañada por nuestras propias emociones y pensamientos. Empecemos por dos pasos iniciales para intentar ver y captar esa realidad, del mundo y la humana: estabilidad y apertura mental. Cuando lo hagamos, quizá se alivie parte del sufrimiento que nos produce nuestro propio cierre mental, y seremos capaces de ver al otro ser humano que camina a nuestro lado, cogerle la mano y apretársela con comprensión. Cada uno seguiremos después nuestro camino, pero habremos marcado una diferencia: sabremos que no estamos solos, y aquél a quien cogimos la mano también sabrá que no camina solo.



Ejercicio de Mindfulness que tiene como objetivo fortalecer la Apertura Mental.

domingo, 19 de mayo de 2013

La Razón de Todos



     “¿Es que no lo ves? ¿Cómo puedes decir eso? ¿No ves que yo tengo razón y tú estás en el error?” Este podría ser el resumen de la mayoría de nuestras diferencias y conflictos, con la pareja, con los hijos, con los amigos... en política, en religión, en la empresa, en el trabajo, en la familia… Porque cuando nos cegamos en nuestra razón, no nos damos cuenta de algo importante: que nosotros tampoco vemos, algo que aprendimos a lo largo de nuestro ciclo vital, en el que poco a poco pasamos de ver a no ver.
  Cuando somos niños aprendemos a interpretar el mundo y a nosotros mismos con lo que nos enseñan y transmiten. Admiramos a nuestros padres y profesores, nos dejamos influir por ellos, nuestro cerebro es plástico, y aprendemos. Y aprendemos, además, a una gran velocidad. Poco a poco, nuestro cerebro se va haciendo más rígido, menos plástico. Cada vez nos cuesta más aprender. El adolescente ya no admira ni a padres ni a profesores, necesita hacer el camino de identificarse con sus iguales, con su grupo de pares (de jóvenes de su misma edad), y se hace flexible con ellos, se deja influir por sus iguales, pero rechaza la influencia que viene de otros grupos de edad, de los mayores y, especialmente, de sus padres. El adolescente, además, cree que lo sabe todo, que son sus viejos los que claramente están equivocados. Nunca he sido tan sabio como en mi adolescencia, es una frase que dijo alguna vez alguien (no recuerdo quién), que puede resumir perfectamente esta actitud. 
  La vida continúa. Acabamos nuestra formación, empezamos a trabajar y quizá entremos de pleno en la Rueda de la Vida: quizá aceptamos todos los rituales de paso, casándonos y teniendo hijos… Ahora somos personas adultas, en la treintena, con pareja, casa, niños a los que estamos criando… pagamos la luz, el agua, el teléfono, hacemos inversiones, pagamos el alquiler o la hipoteca, buscamos los colegios adecuados para nuestros hijos, conducimos un coche, tenemos tarjetas y cuenta en el banco, tomamos decisiones. Ahí es cuando nos damos cuenta de que en la adolescencia no sabíamos nada, sonreímos con benevolencia al pensar en nuestro pasado, y pensamos que es ahora cuando sabemos de verdad. Desarrollamos una arrogancia y orgullo muy especial. “Ahora yo sé. Soy una persona adulta. Estoy tomando decisiones y resolviendo mi vida.” Seguimos separándonos de lo que nuestros padres hicieron y seguimos escuchando a los amigos y amigas del mismo grupo de edad, que viven experiencias similares y que también saben. (Este hacer las cosas de forma distinta que nuestros mayores es, además, una de las claves de la evolución. Si no fuera así, aún seguiríamos haciendo las cosas de la misma manera que nuestro “mayores” de la Prehistoria).
  Y entonces, nos acercamos a la cuarentena. Nuestros hijos han ido creciendo y nos están planteando problemas que no sabemos cómo solucionar. Algunos padres ven cómo sus hijos  no estudian, o responden con mala educación, sin lograr que adquieran hábitos saludables ni disciplina. Se quejan de que se pasan el día enganchados a las maquinitas, que ellos mismos les regalaron. Se quejan de tenerles que repetir las mismas cosas mil veces. Cuando llegan a la preadolescencia, aquel niño angelical da un portazo lleno de rabia que hace saltar la escayola de la pared. A nuestro grupo de iguales, nuestros amigos ya también en la cuarentena, les pasa parecido. Quizá no a todos, desde luego, pero sí a unos cuantos, en los que nos fijamos. Reflexionamos y vemos que nuestros padres no tuvieron con sus hijos problemas tan graves o, al menos, no nos dimos cuenta. Conocemos otros padres a los que no les ocurre eso y entonces pensamos que han tenido suerte. En general, achacaremos nuestros problemas a la mala suerte, a la mala fortuna en la lotería genética, seguiremos pensando que lo estamos haciendo bien. “¿O no? ¿Me he equivocado en algo? ¡Noooooo! Es la sociedad. Es la televisión. El origen de mi problema está ahí fuera”. 
  Entonces vemos que quizá hay también más cosas que se están resquebrajando en nuestra vida. Nos hemos ido distanciando de nuestra pareja, ya casi no hay romanticismo, ni pasión, ni cariño, tampoco respeto ni admiración. Cada uno llevamos nuestra vida con libertad. Somos una pareja moderna. “Es verdad que a veces discutimos por los niños… Si no tuviéramos niños seríamos muy felices. ¡Qué felices son las parejas que no tienen hijos! ¡Qué a gusto que viven!” O la otra queja: Si me volviera a enamorar otra vez, echo de menos esa emoción, esa pasión. Este tipo de vida que llevo es un asco. Esto no es vivir”. Y entonces empezamos a pensar que eso es así siempre, que todas las parejas se distancian. Incluso aunque no se separen. El amor dura unos años y muere. Sólo perdura el amor a los hijos. 
  ¿Son verdad estas afirmaciones? ¿Son generalizaciones a partir de experiencias particulares? Lo que nos dicen las estadísticas es que muchas parejas fracasan pero, desde luego, no todas. Es verdad que no todas las parejas que siguen juntas están felices, pero la mayoría de las parejas que funcionan mal terminan separándose. Hay parejas que funcionan, y que funcionan muy bien, que envejecen juntas y que se aman hasta el final, cada día más. Las cifras nos dicen que en EE.UU. pasados cuarenta años, el 67 % de las parejas que se casan se habrán divorciado. La mitad de estos divorcios habrán tenido lugar en los primeros siete años. Parece que la probabilidad de fracaso de las segundas parejas es todavía mayor, a pesar de que hay un dicho popular que afirma: la primera sirvienta, la segunda reina. En España dos de cada tres matrimonios acaban en divorcio. Los estudios demuestran que dos momentos críticos en la vida de una pareja suelen ser los primeros siete años, y luego otra vez a los 14-15 años de casados. 
  Así que, echando cuentas, más o menos en la temida cuarentena puede ser probable que se produzca una importante crisis en la vida. Muchas parejas se enfrentan con la separación, lo que significa mucho sufrimiento, el presente y el acumulado durante años de una mala convivencia. Los hijos, a los que se quiere tanto y que se tuvieron con tanta ilusión, sufren igualmente, y su educación, es muy probable que no esté resultando tan fácil como habíamos pensado. El trabajo puede que vaya bien… o puede que no. Puede, también, que con la crisis social y económica, la persona se encuentre en el paro, justamente en esa edad tan crítica. La salud, con tantos problemas, se resiente. Uno mismo o alguno de nuestros amigos puede sufrir problemas menores o mayores de salud. Hipertensión, colesterol, infartos, tumores... La tasa de mortalidad empieza a aumentar. Un chiste dice: Si a partir de los 40 años te despiertas y no te duele nada, tómate el pulso porque puedes estar muerto. (Afirmación que, dicho sea de paso, llevo comprobando más de una década que, al menos en mi caso, no es cierta). 
  Si la esperanza de vida es, en España, de 81 años, a los 40 estamos en la mitad de nuestra existencia. Mucha gente, de alguna manera, se plantea cómo es su vida. De la mitad vivida, de esos 40 años, algo más de los primeros 20 se han pasado entre infancia y estudios, “preparándonos para la vida”. Todavía quedan algo más de 20 años de trabajo. Y la persona que está en ese gozne se puede preguntar, ¿es esta la vida que quiero vivir? Porque luego viene la jubilación, la vejez, la retirada, la enfermedad, la muerte. Y entra pánico. Y no se quiere pensar en eso. No se quiere pensar en aquello que con toda seguridad vamos a vivir. Lo hacemos a un lado y seguimos adelante. O pensamos que es mejor cambiar de vida, de pareja o de trabajo. Para obtener, muy probablemente, los mismos resultados, porque no nos dimos cuenta de que si no cambiábamos nosotros, nada cambiaba. 
  ¿Qué he hecho con mi vida hasta ahora? ¿Soy feliz? Y si no soy feliz, ¿tomé las decisiones adecuadas? ¿O tomé las decisiones externas adecuadas, pero no me cuidé de tomar la decisión de cuidarme y cultivarme por dentro? Atendiendo a las estadísticas parece que mucha gente no es feliz. Matrimonios fracasados (dos de cada tres), hijos con problemas, trabajo quizá no del todo satisfactorio… Y ahí la persona puede optar por dos planteamientos: 1) preguntarse ¿En qué me he equivocado? ¿Qué puedo aprender de estas experiencias?; o, 2) Claramente, la vida es injusta, mi pareja es injusta, he tenido mala suerte con mis hijos. Yo lo he hecho bien. Ha sido la mala suerte y las otras personas las que me están causando todo este sufrimiento. Los que optan por el primer planteamiento, los que se preguntan, buscan, leen o, quizá, acudan a un psicólogo o se trabajen interiormente de alguna forma. Los que optan por la segunda opción se llenan de amargura y resentimiento, es una opción que hace perder el control, porque no hay nada que aprender, no hay nada que uno pueda hacer para cambiar la vida, el destino o el futuro. 
  Cuando afirmamos que la vida es injusta, indicamos que seguimos pensando que tenemos razón, que estamos en lo cierto, que los demás están claramente equivocados. Incluso en la esfera social, es frecuente afirmar que nuestra cultura es la mejor, que no se vive en ningún lugar como en nuestro país (lo cual, literalmente, es cierto para cualquier sitio), que nuestra religión o nuestra creencia es la verdadera. 
  Cada uno de los 7.000 millones de habitantes del planeta pensamos que estamos en lo cierto, estamos convencidos de que hacemos las cosas de la mejor forma, de la correcta. Si no fuera así, estaríamos haciendo las cosas de otra forma. Y cuando pensamos que no lo hacemos correctamente, entonces es porque hemos decidido que no podemos cambiar (porque es una adicción muy fuerte, porque le quiero, porque yo soy así, porque es mi genética, porque nadie cambia…), o que nuestras prioridades son otras. Por ejemplo, yo reconozco que mi despacho está siempre “algo” desordenado. Sin embargo, aunque yo reconozco que mi despacho podría estar mejor ordenado, mi prioridad, claramente, no es esa. Si tengo una hora libre, prefiero estudiar, leer, o escribir, que ponerme a limpiar y ordenar. De hecho, mientras escribo esto, al lado del ordenador tengo la funda de las gafas que llevo puestas, abierta; otra funda también abierta, con otras gafas dentro; la agenda, el iPad, el reloj de pulsera que me he quitado porque me molestaba, y un bolígrafo que usé hace un momento y no he vuelto a poner en su bote. Así que simplemente, mantengo un orden “básico”, como me dijo un día uno de mis clientes: “mantener el suficiente orden para que te sea cómodo vivir, pero no tanto como para ser esclavo del orden”. Está claro que yo creo tener razón. Me gustó esa frase y vivo con ella. Es más he encontrado esta otra, atribuida a Einstein, un poco más irónica: “Si un escritorio abarrotado es señal de una mente abarrotada, ¿De qué, entonces, es signo un escritorio vacío?”. De hecho, cuando se ve el despacho o el escritorio de un intelectual o de un científico, nunca estarán “ordenados”. Los libros se acumularán en las estanterías incluso en posición horizontal y en doble fila; la mesa llena de papeles, revistas científicas, documentos, esquemas, lápices y bolígrafos y en el medio un portátil. Si alguien me dice que soy desordenada, yo utilizo todos esos argumentos para defender mi punto de vista, mis prioridades. Seguiré pensando que, al menos para mí, mi orden de prioridades es el correcto.
  Así que somos 7.000 millones de personas en el planeta, todos pensando que tenemos razón. ¡No es de extrañar que haya conflictos y guerras! Y ahí podemos adoptar, también, dos posturas: 1) pensar: cómo es posible que no se den cuenta los otros 6.999 millones de personas que soy yo la que está en lo cierto, construyendo 6.999 millones de barreras que me separan del resto de seres humanos, que me separan del resto del mundo; o, 2) reconocer que quizá yo no esté en lo cierto en todo, que quizá mi punto de vista es, simplemente eso, un punto de vista, un fragmento de la realidad. 
  Y es ahí, cuando el sufrimiento causado por los errores nos golpea, una y otra vez, justo en ese punto crítico en que el suelo se abre bajo nuestros pies y observamos con terror debajo de nosotros el abismo de la incertidumbre, pensamos que nos hemos podido equivocar, descubrimos otras opciones que no habíamos visto, aceptamos que la posición que habíamos mantenido no era, quizá, la correcta. Y es entonces cuando empiezan a ocurrir en nuestra vida y en nuestro cerebro cosas realmente interesantes. Al abrir nuestra mente a otras posibilidades, como el objetivo de una cámara que abrimos para captar mejor la escasa luz, nuestro cerebro empieza a ser plástico, flexible, otra vez, y empieza a poder cambiar y aprender. El cerebro siempre puede aprender, siempre puede generar nuevas neuronas… 
  Pero esto tan interesante, la apertura mental, vamos a tratarlo en otra entrada. En la próxima. 
  ¿He sido muy pesimista? Sólo observo qué veo en mi consulta y qué muestran las estadísticas. Pero lo que también observo y veo y compruebo constantemente es que el cambio es posible, que es posible vivir una vida plena y feliz. 
  Ahora, voy a recoger las fundas de mis gafas, mi reloj y mi bolígrafo. Voy a guardar el iPad en su funda y a cerrar el ordenador. Hasta nuestra próxima cita. 

jueves, 16 de mayo de 2013

La Gota y el Océano



A veces algo poético puede despertar un poco. De mi lado más explorador y menos aferrado a cómo parecen ser las cosas ha surgido esto. Lo he convertido en un pequeño vídeo presentación de mi Canal de YouTube. Aquí tenéis el texto y el vídeo: 

He bajado al valle y subido a la montaña. 
He caminado a oscuras en la noche, 
He avanzado a trompicones bajo la cegadora luz del sol. 
He tallado la piedra para cazar, he penetrado los secretos del átomo.
He sido niño, he sido anciano. 
He sido madre, he sido padre.
He sido hombre, he sido mujer.
He sido monje, he sido guerrero. 
He sido astuto como el zorro, ágil como el gato, traidor como la hiena, egoísta como el buitre, fiel como el perro.
He conocido el odio, el resentimiento, la culpa, la vergüenza, el dolor, la crueldad que he ejercido y la que he sufrido, y el miedo que aferra, que inmoviliza las manos y las piernas y te clava en el camino. 
He conocido, también, el amor, la amistad, el sacrificio, el agradecimiento, la generosidad, el heroísmo, he recibido ayuda y la he dado. He llorado con el dolor de otros, y otros han llorado con el mío. Y cuando todo parecía imposible he encontrado una fuerza que me ha liberado del miedo y me ha permitido ir más allá de donde creí que estaba permitido. 
He buscado la respuesta en Dios, en el Universo, en la Ciencia, en la molécula-medicina que calmara mi mente y me diera equilibrio y Felicidad. 
He recorrido todos los caminos, del planeta y del Universo, buscando esa respuesta. 
Ahora, he vuelto a casa, a mi casa, a mi hogar… a mi interior, a mi corazón y mi mente.
Allí he encontrado un espacio vacío y oscuro. He sentido miedo y no me he atrevido a avanzar. Pero he sentido también curiosidad, me he preguntado qué era ese vacío, he penetrado en él y me he quedado allí en silencio. Noté cómo las fronteras que me delimitan y me definen desaparecían y mi yo se disolvía. Y era Todo. Y entonces ha surgido una nueva sensación, una nueva emoción que nunca antes había experimentado con tal intensidad: la paz, el Amor y la seguridad absoluta y sin límites.
Ahora, quiero vivir en esa serenidad, quiero liberarme del mordisco salvaje de las emociones primitivas. Quiero vivir con calma, felicidad, amor y plenitud. 
Quiero romper las barreras y las fronteras de mi piel y mi mente que me separan de lo que sientes tú, de lo que eres tú, del animal, de la planta y de la piedra. 
Dejar de ser Yo, dejar de ser gota. 
Ser Océano.


lunes, 8 de abril de 2013

La Mente Enmarañada



     Dos mujeres entran en el vestuario del gimnasio charlando animadamente. Una de ellas muy alta, muy morena, muy delgada, explica con gestos un poco rígidos y bruscos que ella no soporta los masajes, que se pone muy nerviosa. “Mira que este fisio es de los naturistas, te pone música relajante y pone velitas, y te da un masaje que a otra gente la relaja un montón… Pues, nada, yo me pongo super nerviosa. No lo soporto. Y es que empiezo a pensar en los niños, lo que tengo que hacer, mis preocupaciones, y esto y lo otro, y me pongo atacada, no soporto estar ahí quieta.” 
     Muchos maestros orientales cuando vienen a enseñar Meditación a Occidente explican que encuentran la mente occidental muy llena de ‘objetos’ de obstáculos: que pensamos muchas cosas, muy rápido, muy caóticamente, sin ningún control. Es lo que yo llamo la mente enmarañada (greñúa, dirían en Andalucía). Tenemos una mente tan caótica, tan desordenada, tan enmarañada, que por ella cuesta pasar el ‘peine’ del Mindfulness. Para mucha gente, entonces, será imposible empezar a hacer una meditación, centrar su mente, durante treinta, ni siquiera quince, ni diez minutos. Necesitarán hacer, varias veces al día, sesiones muy cortas, muy breves, que duren apenas dos o tres minutos. Aunque parezca mentira, mantener esa práctica durante las primeras semanas, tendrá un efecto muy potente. Yo a veces recomiendo hacer una Pausa Mindfulness, de dos o tres minutos, cada hora o dos horas. Como mínimo tres veces al día. Pero si se puede practicar cada hora o dos horas, el resultado es mucho mayor. 
     Es más, para muchas personas observar sin alterarse cómo está el estado de su propia mente será, en un principio, un poco aterrador. Así que el primero objetivo será estabilizar la mente, calmarla lo suficiente como para poder “observar” con una mínima quietud y serenidad. 
     Voy a utilizar una metáfora que se suele utilizar en el Mindfulness y que tomo prestada de Jon Kabat-Zinn (Mindfulness for Beginners). Imaginemos que tenemos un telescopio y que queremos observar la luna. Pero que colocamos nuestro telescopio sobre un colchón de agua. Por muy quietos que intentemos estar, será imposible observar con claridad. Apenas veremos una mancha redonda y brillante moverse continuamente delante de nuestra vista. Un resultado mareante. Sin embargo, si estabilizamos nuestro telescopio sobre suelo firme, si lo enfocamos, podremos observar una imagen de la luna clara y nítida, estable y quieta. 

    Eso es lo que hacemos con la práctica del Mindfulness, estabilizar nuestra mente. Una vez que está mínimamente estable, podremos observar, ya no sólo nuestra respiración o nuestro cuerpo, si no que podremos observar el estado de nuestra propia mente, de cómo surgen los pensamientos, dejándolos marchar, sin encadenarlos con otros pensamientos, emociones, o imágenes. Sin enganchar más ‘vagones al tren de los pensamientos’ (ver: http://linkcerebromente.blogspot.com.es/2013/02/obsesiones-el-tren-interminable.html). 
     Porque una cosa que hay que tener clara: es que los pensamientos, la actividad mental va a seguir surgiendo, siempre, en nuestra mente. Pensamientos entretejidos con emociones e imágenes. Eso no lo podemos impedir. Lo que sí podemos hacer es volver a centrar nuestra mente, otra vez... y otra vez... y otra vez, en el objeto en el que nos estemos centrando, nuestra respiración, nuestro cuerpo, una imagen física o mental, la patata que estamos pelando, la comida que estamos comiendo, la sensación de nuestros pies al caminar, la sensación del agua y el jabón en la ducha o en nuestras manos… Donde hayamos decidido que queremos centrar nuestra atención y nuestra conciencia.
     Igual que nuestro telescopio o cámara, una vez estabilizado obtiene una imagen objetiva y nítida de la luna, con nuestra mente suficientemente estabilizada podremos empezar a tener esa misma cualidad fundamental: objetividad. Aprender a ver y aceptar las cosas como son, no como desearíamos o tememos que sean. Deseo y Miedo, dos grandes obstáculos para nuestro equilibrio. Aprender que nuestras emociones son, muy a menudo, como la cama de agua, que desestabiliza la mente y tiñe nuestra racionalidad, impidiéndonos ser objetivos y ver las cosas, el mundo, las personas, y nosotros mismos, tal y como somos. Impidiéndonos aceptar la realidad, porque no la vemos. 
     Y cuando empezamos a “ver”, después del pequeño choque inicial, podremos aprender a aceptar y amar las cosas como son, sin autoengaños, sin espejismos, sin mentiras. Y esa “verdad” nos hará libres y podremos tumbarnos en la consulta del fisio, con las velas y la música, y disfrutar de ese masaje relajante, estando plenamente en nuestro cuerpo, y dejando nuestra mente tranquila, quieta y serena. 


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lunes, 1 de abril de 2013

Todo Prestado



     Vivimos con la falsa sensación de seguridad de que todo lo que poseemos es realmente nuestro. Nuestra casa, nuestra pareja, nuestros hijos, nuestra familia, nuestro trabajo, incluso nuestro cuerpo. Los pronombres posesivos y los personales llenan nuestra identidad: “yo”, “mí”, “mío”, “conmigo”. En los países occidentales, cuya población es sólo un pequeño porcentaje de la población mundial, crecemos con la falsa sensación de que mañana voy a estar aquí, voy a tener la misma familia, la misma casa, la misma pareja, la misma salud. Normalmente, la verdad, esta idea de continuidad va a ser una predicción certera. Mañana será como hoy. Hoy ha sido como ayer. Una continuidad en la que suavemente ocurren cambios y damos curvas en el camino. 
     Sin embargo, no siempre es así. A veces las crisis, personales o globales, vienen a golpear nuestra vida, para despertarnos con un buen sacudón. Mañana podemos estar enfermos, mañana nuestra pareja nos puede abandonar, o somos nosotros los que lo haremos, mañana podemos no tener trabajo, o casa, mañana la muerte puede visitar nuestro hogar, o a nosotros mismos. Pero también, mañana podemos conocer a alguien maravilloso que dé un nuevo rumbo a nuestra vida; mañana podemos tener un golpe de suerte; mañana puede ocurrir algo extraordinario que nos haga sentirnos intensamente plenos; mañana nos puede tocar la lotería. 
     De igual forma que no tendría mucho sentido hacer planes para el mañana con una lotería que aún no nos ha tocado, de igual manera, vivir con una constante sensación de inseguridad y peligro no tendría tampoco sentido y generaría una ansiedad insoportable. Como siempre, todo es cuestión de equilibrio. 
     Tener esa sensación de inseguridad constante, maximizar la probabilidad del peligro nos producirá una ansiedad, una sensación de riesgo inminente, que al alargarse en el tiempo, producirá una ansiedad y estrés prácticamente inaguantable. No podemos vivir con un tigre en la casa de nuestra mente todo el tiempo. Una de dos: o domamos el tigre, y nos damos cuenta de que es un gato, o el tigre se tiene que ir de nuestra casa. 
     Sin embargo, vivir con la falsa sensación de que todo va a seguir siempre igual, y de que todo nos es debido, es causa, igualmente, de infinidad de problemas emocionales, especialmente aquellos que tienen que ver con la rabia, la irritabilidad y el resentimiento. ¿Por qué estas emociones? Porque cuando sentimos que la vida o el azar nos “quita” algo que consideramos “nuestro” nos enfadamos, lo consideramos injusto, y ante la injusticia sentimos resentimiento. Un dicho común es afirmar “la vida es injusta”, como si la Vida pudiera ser una persona, un ser concreto que caprichosamente reparte sus favores o disfavores. La vida no es ni justa, ni injusta. La vida ES. Somos nosotros los que podemos ser injustos. Pero la vida simplemente ES. La VIDA no es un ser, una personificación o deificación que piense en nosotros. Pensemos en algo: nosotros poseemos una flora bacteriana en nuestro intestino, y nos interesa que esté en equilibrio y funcione bien, pero no nos interesa la vida de cada una de las bacterias de nuestra flora intestinal. De igual manera que la flora intestinal habita nuestro intestino, nosotros habitamos este planeta. Nuestros cuerpos albergan la VIDA durante un tiempo. Pero la vida ES, independientemente de que cada uno de nosotros, individualmente, exista o no exista, le vaya bien o no le vaya bien. Así que, si la vida no es injusta, ¿Contra quién enfadarse?  ¿Contra quién sentir este resentimiento? ¿Quién ha sido injusto con nosotros? Sólo una falsa personificación de la Vida, nos hace caer en el error de injusticias percibidas. 
     No demos nada por sentado. Nada es nuestro, todo es prestado. Incluso nuestro cuerpo que abandonaremos, también, algún día. 
     En este mundo en el que tenemos la suerte de tener tantas cosas, terminamos por olvidarnos de sentir y expresar agradecimiento, amor y compasión. Por nosotros mismos y por los demás. Para algunas personas, llenas de rabia, irritabilidad y emociones negativas relacionadas, como el odio, la envidia, o el resentimiento, sentir esas emociones positivas será sumamente difícil. Un primer paso será empezar por uno mismo. 
     Pensemos un poco. Sin necesidad de juzgarnos, ni criticarnos, sólo observando con objetividad: 
     ¿Cuánto tiempo al día dedicamos a albergar pensamientos y emociones negativas? ¿Cuánto tiempo pasamos criticando, enjuiciando, estando enfadados e irritables? ¿Cuánto tiempo pasamos viendo programas televisivos en los que se critica a personas cuya vida, en realidad, no nos interesa, porque no los conocemos personalmente? ¿Cuántos bulos que corren por internet o en las redes sociales hemos divulgado, hemos dado a reenviar, hemos compartido, creyéndolos nada más leerlos y sin haber dedicado cinco minutos a hacer una mínima comprobación? 
     ¿Cuánto tiempo al día dedicamos a albergar pensamientos y emociones positivas? ¿Cuánto tiempo pasamos dando gracias, pidiendo por favor, saludando con sinceridad y buenos deseos? ¿Cuánto tiempo dedicamos a desear a otras personas que estén bien, que sean felices, que no tengan problemas? ¿Cuánto tiempo dedicamos a escuchar de verdad, sin cerrar la puerta de nuestro corazón diciendo o pensando “eso es una tontería”? ¿Cuánto tiempo dedicamos a ver películas o programas que nos dejen un poso de buenos sentimientos y pensamientos? ¿Cuánto tiempo dedicamos a defender a una persona que ha sido atacada o criticada injustamente? ¿Cuántas veces, al escuchar una crítica nos planteamos, como mínimo, si está justificada o no? ¿Cuántas veces decimos gracias al día? ¿Y cuántas veces, al decir gracias, lo sentimos de verdad?
     Un símil budista compara la mente con una vasija. Igual que la vasija gota a gota se llena de agua limpia o de agua envenenada, de igual forma, nuestra mente, gota a gota, se llena de pensamientos y emociones positivas, felices y constructivas, o de emociones y pensamientos envenenados y destructivos. 
     ¿De qué quieres, tú, llenar la vasija de tu mente? 
     Es seguro que quieres ser feliz. No creo que haya nadie que no quiera ser feliz, que se levante por la mañana planeando qué infelicidades se va a aplicar a sí mismo ese día. Todos queremos ser felices. Sin embargo, los pensamientos negativos, el miedo, la rabia, o el resentimiento, son obstáculos muy serios para la felicidad. ¿Quieres ser feliz? Empieza practicando este ejercicio de Mindfulness que adjunto en esta entrada. Continúa cuidando tus palabras, tus pensamientos, tus lecturas, tus programas de televisión. Intenta, poco a poco, gota a gota, minuto a minuto, llenar tu mente de pensamientos y emociones constructivas y positivas. 
     No, no temas. No te convertirás en un mojigato o mojigata. No te transformarás en un alma cándida al que todo el mundo engañe. Serás una persona más plena, más completa, más feliz. Igual que tomar veneno todos los días no hará más fuerte tu cuerpo, tomar veneno mental todos los días, no hace más fuerte tu mente. La debilita, la envenena, la destruye. Si quieres una mente fuerte, serena y feliz, cuida el alimento que le das. 
     Empieza por agradecer todos los días, al menos siempre que puedas, o siempre que hagas este ejercicio, esas pequeñas cosas de la vida que consideramos “nuestras”. Piensa durante un tiempo en ellas como si fueran prestadas. Y ante un préstamo tan generoso, di con todo tu corazón: “Gracias”. No, la VIDA no va a parar su recorrido para escucharte. Es verdad. Es tu corazón el que escucha. Tal y como afirma el investigador Martin Seligman, la gratitud es una de las características que más contribuye a la Felicidad. ¿Quieres probarlo?

     “La gratitud es una herramienta poderosa para aumentar la satisfacción en la vida.” (Martin Seligman). 
     “La gratitud abre la puerta al poder, la sabiduría y la creatividad del universo. Abres la puerta por medio de la gratitud”. (Deepak Chopra). 
     “Cuando practicas gratitud, hay un sentido de respeto hacia los otros”. (Dalai Lama).
     “El milagro de la gratitud es que cambia tu percepción, de tal forma, que cambia cómo ves el mundo”. Dr. Robert Holden.
     “La gratitud es el ingrediente más importante para vivir una vida de éxito y realización”. Jack Canfield.
     “Demostrar agradecimiento es una de las cosas más simples, pero más poderosas que una persona puede hacer por otra”. (Randy Pausch).
     “Sean cuales sean nuestros problemas y desafíos, es importante pararse de vez en cuando, para apreciar lo que tenemos, en todos los niveles”. (Shakti Gawain).
  “Gracias por la suerte tan enorme que tengo. Soy mujer y he nacido en esa pequeña parte del mundo donde ser mujer está bien y eres tratada con justicia y equidad. Y, además, en esa pequeña parte del mundo, he nacido en el momento histórico en que las mujeres ya habíamos conquistado libertades y derechos, y en el seno de una familia que los respetaba y apreciaba. He estudiado, trabajo en lo que me gusta, y nadie, nunca, puso límites a mis sueños... sólo yo misma con mis miedos. Cuando con 17 años me matriculé en la Facultad, una chica lloraba delante de mí porque sus padres no le permitían estudiar una carrera universitaria. En aquellos tiempos eso ocurría. Sin embargo, mis padres me educaron insistiendo en que yo, como mujer, podía conseguir todo lo que me propusiera, igual que un hombre, nunca me dijeron, ‘no puedes estudiar eso, no puedes hacer eso, porque eres mujer’. No he visto mi camino limitado ni frenado por el hecho de ser mujer, porque las personas que me quieren y están a mi lado, les da igual mi género, me aprecian y quieren por lo que soy. Tengo una suerte enorme que deseo que tengan todas las mujeres del planeta, la mayoría de ellas no tan afortunadas. Cada mañana cuando me levanto y soy consciente de este enorme privilegio sólo puedo decir: Gracias, Gracias, Gracias.” Yolanda Calvo.
     “Cada día, piensa al levantarte, ‘hoy he sido suficientemente afortunado y me he levantado, estoy vivo, tengo una vida preciosa, no voy a malgastarla. Voy a utilizar todas mis energías para desarrollarme, para expandir mi corazón hacia los otros, para alcanzar iluminación para el beneficio de todos los seres, voy a tener pensamientos amables hacia los demás, no me voy a enfadar ni pensar mal de otros, voy a beneficiar a los demás todo lo que pueda.’” (Oración del Dalai Lama).

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